
Cuando surgen problemas con empleados, lo primero es actuar con rapidez y empatía. No espero a que la situación se enquiste: convoico una reunión privada sin acusaciones, solo para escuchar. Mi objetivo es entender el contexto antes de juzgar. Por ejemplo, si hay conflictos de rendimiento, reviso datos objetivos como métricas de productividad o ausencias. Si es un problema de actitud, pregunto directamente: “¿Qué está pasando?”. La escucha activa es clave, porque muchas veces el empleado arrastra frustraciones personales o falta de recursos. A partir de ahí, establezco un plan de mejora con plazos concretos y seguimiento semanal. En casos de incumplimiento grave, aplico medidas progresivas según el convenio, pero siempre documentando cada paso. He visto que cuando el equipo percibe que actúo con justicia y transparencia, la confianza se refuerza. Por ejemplo, en una empresa de logística donde trabajé, un operario bajó su rendimiento un 30% durante tres meses. Tras la conversación, descubrimos que tenía problemas de conciliación familiar. Ajustamos su turno y en dos semanas recuperó el ritmo. La clave no es castigar, sino resolver la causa raíz. Eso sí, si el problema es recurrente o afecta al equipo, no dudo en tomar decisiones más firmes, siempre respaldado por RRHH y con documentación clara.

Para mí, lo primero es separar los hechos de las emociones. Cuando un empleado genera un problema, anoto lo que ha ocurrido de forma objetiva: fechas, comportamientos observables, impacto en el equipo. Luego busco un momento tranquilo para hablar con él, sin interrupciones. Le pregunto cómo ve la situación y qué necesitaría para mejorar. Si hay desacuerdo, ofrezco datos concretos, no opiniones. Por ejemplo, una vez un compañero llegaba tarde sistemáticamente. Le mostré el registro de entradas y le pregunté si había algún impedimento. Resultó que tenía un problema de transporte. Buscamos un horario flexible y se solucionó. Sin juicios previos, la mayoría de los conflictos se desactivan rápido.

En mi experiencia, lo peor es reaccionar en caliente. Por eso, cuando detecto un problema, me tomo un día para reflexionar y recopilar información. Hablo con otros compañeros de forma discreta si es necesario. Luego, preparo una conversación estructurada: primero expongo el hecho concreto, segundo pregunto la versión del empleado, tercero proponemos juntos un plan. Un ejemplo reciente: un vendedor no cumplía objetivos. Resultó que tenía un problema con el software CRM. Le ofrecí formación extra y en un mes mejoró un 40%. La clave es no asumir malas intenciones; casi siempre hay una causa técnica o de comunicación que podemos resolver.

Cuando hay problemas con un empleado, aplico una metodología de tres pasos: identificar, dialogar y acordar. Primero, identifico el problema con datos: por ejemplo, si hay quejas de clientes, reviso los registros. Segundo, convoco una reunión breve, de unos 15 minutos, donde expongo lo que he visto y pregunto: “¿Cómo ves esto?”. Tercero, acordamos un compromiso por escrito, con fecha de revisión. Si el problema es grave, como acoso o fraude, actúo de inmediato siguiendo el protocolo de la empresa, siempre con testigos de RRHH. Lo importante es no alargar las dudas; una decisión rápida y justa evita que el malestar se extienda al resto del equipo.


