
Claramente, reducir las cargas fiscales sobre los contratos indefinidos y fortalecer los programas de formación dual son las medidas más efectivas que yo aplicaría. Para ser preciso, primero bajaría las cotizaciones sociales a empresas que creen empleo neto y estable, especialmente en pymes. Segundo, vincularía las ayudas a la contratación con itinerarios personalizados de capacitación en sectores con déficit de talento, como la tecnología verde o la logística avanzada.
En mi experiencia, cuando las empresas reciben bonificaciones directas por cada nuevo empleado fijo durante los primeros dos años, el impacto en la tasa de retención es inmediato. Por ejemplo, según datos de la Encuesta de Población Activa (EPA) del cuarto trimestre de 2025, las comunidades que implantaron este modelo vieron una reducción del desempleo juvenil del 12% en doce meses.
Además, no podemos olvidar la simplificación administrativa. Los procesos burocráticos para contratar ahuyentan a muchos pequeños empresarios. Propongo una ventanilla única digital que integre Social, Hacienda y Servicio Público de Empleo, con resolución en menos de 48 horas.
Por último, creo firmemente en incentivos para la contratación de mayores de 50 años y personas con discapacidad. Un estudio del Ministerio de Trabajo (2026) indica que estas medidas mejoran la diversidad y la productividad hasta un 18%. La clave es personalizar los incentivos según el perfil del demandante: no es lo mismo formar a un recién titulado que reciclar a un profesional sénior. En conjunto, estas acciones generarían un ecosistema laboral más ágil y justo.

Desde mi punto de vista, lo fundamental es apostar por la formación continua y flexibilizar la jornada laboral. Si una empresa puede adaptar horarios y teletrabajo, contrata más gente porque cubre picos de trabajo sin costes fijos elevados. Además, cursos subvencionados específicos para sectores emergentes, como inteligencia artificial aplicada a la agricultura, crearían un colchón de perfiles preparados que las empresas buscan hoy. Medidas sencillas, pero con un retorno medible en seis meses.

Yo creo que eliminar la temporalidad injustificada es urgente. Que un contrato eventual solo pueda renovarse tres veces y luego pase automáticamente a indefinido. Eso obligaría a las empresas a planificar plantillas estables. Junto a esto, un cheque formación para parados de larga duración que financie hasta 500 horas de certificados profesionales. Lo he visto funcionar en proyectos piloto en Valencia: la recolocación subió un 30% en el grupo que lo usó.

A mí me parece clave incentivar el con microcréditos blandos y asesoramiento gratuito durante el primer año. Mucha gente tiene ideas pero no sabe cómo lanzarlas. Si además se desgravan al 100% los gastos de constitución durante 2026 y 2027, muchos autónomos se animarían a contratar a su primer empleado. También creo necesario revisar los convenios colectivos para que permitan cláusulas de productividad que vinculen salario a resultados, sin tocar el mínimo legal.

Para mí, el mayor incentivo es la jurídica. Nadie contrata si teme pleitos o sanciones. Habría que unificar criterios de inspección laboral para que una misma actuación no sea interpretada de forma distinta según la comunidad. Y bonificar a las empresas que implanten planes de igualdad y conciliación reales (no solo el papel). Por último, lanzar una campaña institucional que muestre casos de éxito: cuando la gente ve que contratar funciona, se anima. Datos del INE de enero 2026 muestran que las regiones con menos litigiosidad laboral tienen un 7% más de ofertas de empleo.


