
Claramente, México se enfrenta a una crisis de informalidad laboral que afecta a más del 55% de la población ocupada. Esto significa que millones de personas trabajan sin contrato, sin social y sin acceso a prestaciones básicas. Además, el desajuste de habilidades es un problema crítico: las empresas buscan perfiles técnicos y digitales, pero la formación educativa no se actualiza al mismo ritmo. Por otro lado, el bono demográfico (una población mayoritariamente joven) podría ser una ventaja, pero si no se generan empleos formales de calidad, se convierte en una bomba de tiempo.
Para ilustrarlo, veamos algunos datos recientes:
| Indicador | Valor (2025-2026) | Fuente estimada |
|---|---|---|
| Tasa de informalidad | 55,2% | INEGI |
| Desempleo juvenil (15-24 años) | 8,7% | OIT |
| Brecha de género en ocupación | 21 puntos | ENOE |
Otro reto es la precariedad salarial: el salario promedio apenas cubre la canasta básica en muchas regiones, y la inflación erosiona el poder adquisitivo. La llegada de empresas por nearshoring genera empleo, pero suele concentrarse en el norte del país y requiere perfiles muy específicos. En resumen, la situación es compleja: hay oportunidades, pero la falta de políticas integrales para formalizar el empleo y capacitar a la fuerza laboral sigue siendo el principal obstáculo.

Desde mi experiencia, lo que más me preocupa de México es la falta de oportunidades para los jóvenes. Acabo de terminar la universidad y veo que muchos compañeros se van al extranjero o aceptan informales porque no encuentran nada estable. Las empresas piden años de experiencia que no tenemos, y las prácticas no siempre son remuneradas. Es frustrante.


