
Para empezar, la respuesta directa es que no es que no quieran dar empleo a los jóvenes, sino que existe un desajuste profundo entre lo que las empresas demandan y lo que el sistema educativo y la experiencia laboral temprana ofrecen. En España, el desempleo juvenil ronda el 28% en 2025, según datos del INE, una cifra que duplica la media europea. Las empresas, especialmente las pymes, buscan candidatos que ya tengan un mínimo de experiencia contrastada y habilidades específicas, pero los jóvenes salen de la universidad o la FP sin ese bagaje práctico. Por otro lado, muchas ofertas exigen 2 o 3 años de experiencia para puestos de nivel inicial, lo que crea una paradoja del huevo y la gallina: no te contratan porque no tienes experiencia, pero no adquieres experiencia porque no te contratan. Además, los procesos de selección se han vuelto más exigentes; se valoran competencias como la inteligencia emocional, la adaptabilidad al cambio o el manejo de herramientas digitales específicas que no siempre se enseñan en los currículos académicos. También influye la legislación laboral: la incertidumbre sobre los costes de un despido o la temporalidad de los contratos hace que algunas empresas prefieran perfiles más consolidados, a pesar de que los jóvenes aportan frescura, energía y un menor coste salarial inicial.
Para ilustrar esta brecha, aquí tienes una comparativa basada en estudios recientes de Randstad y Adecco:
| Factor | Percepción de las empresas | Realidad de los jóvenes |
|---|---|---|
| Experiencia previa | Exigen mínimo 1-2 años en el sector | El 40% busca su primer empleo |
| Habilidades técnicas | Demandan competencias muy específicas | Formación genérica o teórica |
| Coste de contratación | Preocupación por costes de formación y despido | Disponibilidad para empezar con sueldos ajustados |
| Actitud | Buscan autonomía y proactividad inmediata | A menudo necesitan un periodo de adaptación |
La clave está en que no hay una falta de voluntad, sino de alineación. Las empresas no encuentran el perfil exacto que buscan al precio que quieren pagar, y los jóvenes no encuentran la oportunidad para demostrar su valía. Soluciones como los contratos de formación en alternancia, las prácticas curriculares bien estructuradas o los programas de mentoring empresarial podrían cerrar esta brecha, pero su implementación sigue siendo insuficiente.

Desde mi punto de vista, el problema es que muchas empresas sobrevaloran la experiencia y subestiman el potencial de aprendizaje de un joven. He visto ofertas para becarios que piden un año de experiencia previa, lo cual es un sinsentido. Además, los procesos de selección son lentos y llenos de filtros automáticos que descartan currículos por no tener palabras clave exactas. Un joven con ganas, formado y con buenas soft skills puede ser un activo enorme, pero el sistema de selección actual no está diseñado para detectar eso, sino para buscar un clon del empleado anterior.

En mi opinión, la culpa es de un círculo vicioso de desconfianza mutua. Las empresas españolas, quemadas por malas experiencias con rotación de personal, piden cada vez más requisitos para asegurarse. Los jóvenes, al ver que no llegan ni a la primera entrevista, se desmotivan y no se esfuerzan en personalizar su candidatura. Al final, nadie cede: el empresario no arriesga y el joven no invierte tiempo en un proceso que ve como una lotería.

Creo que el factor generacional también juega un papel importante. Las empresas, a menudo dirigidas por perfiles de más de 40 años, no entienden el lenguaje ni las motivaciones de los jóvenes. Esperan lealtad a largo plazo y estar disponibles 24/7, mientras que los jóvenes priorizan el equilibrio vital y la flexibilidad. Ese choque de expectativas hace que muchas ofertas se rechacen desde la base, y las empresas, en lugar de adaptarse, prefieren buscar perfiles seniors que acepten sin rechistar el modelo tradicional.

Desde mi experiencia, el principal freno es económico y de estructura. Contratar a un joven implica invertir en formación y asumir un riesgo de productividad baja durante los primeros meses. En un país con tanta pyme y márgenes ajustados como España, muchas empresas no pueden permitirse ese lujo. Prefieren pagar un 20%


