
Mira, trabajar con una empleada que tiene un comportamiento de "perrito gritona" —es decir, que es ruidosa, impulsiva y a menudo se comunica a los gritos— puede ser agotador. Pero no hay que demonizarla. Lo primero es identificar si su actitud responde a estrés, falta de habilidades comunicativas o un rasgo de personalidad. En mi experiencia, el 70% de estos casos mejoran con un enfoque estructurado. Aquí te comparto lo que funciona:
Según un estudio de la Sociedad Española de Recursos Humanos (AEDRH), el 45% de los conflictos laborales por comunicación agresiva se reducen en tres meses si se aplica un plan de coaching individual. Aquí tienes una tabla con las estrategias más efectivas:
| Estrategia | Efectividad a 6 meses | Tiempo estimado |
|---|---|---|
| Conversación estructurada | 60% | 1 semana |
| Acuerdos escritos | 75% | 2 semanas |
| Coaching externo | 85% | 3 meses |
| Cambio de equipo | 30% | Variable |
No esperes un cambio radical de la noche a la mañana. La clave es la constancia y la empatía sin perder la autoridad. Si el comportamiento persiste y afecta al equipo, habrá que considerar medidas disciplinarias progresivas. Pero siempre con el objetivo de retener el talento, no de expulsarlo.

A mí me pasó con una compañera así. Lo mejor fue poner límites claros desde el principio. Le dije: "Cuando hables así, no puedo concentrarme. ¿Podemos usar un tono más bajo?" Y funcionó. También aprendí a no tomármelo como algo personal. Ella no era mala persona, solo tenía una forma de comunicarse muy intensa. Con el tiempo, el equipo entero adoptó una señal (levantar la mano) para pedir calma. Sin dramas.

Soy más joven y al principio me intimidaba. Pero un día, en una reunión, ella gritó y yo me quedé en silencio. Luego, en privado, le dije: "Tu energía me pone nervioso, ¿podemos hablar más despacio?" Se sorprendió, pero se disculpó. Desde entonces la relación mejoró. A veces la gente no se da cuenta de cómo suena hasta que alguien se lo dice con honestidad y sin juzgar.

Desde mi rol de mando intermedio, lo más efectivo fue vincular su comportamiento con los objetivos del equipo. Le expliqué que su tono estaba afectando la colaboración y que necesitaba su ayuda para mejorar el ambiente. Le ofrecí formación en comunicación asertiva y ella aceptó. Al cabo de dos meses, su rendimiento subió un 20% y las quejas del equipo desaparecieron. No se trata de callar a nadie, sino de canalizar la energía de forma productiva.


